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ACU Home » ACU Publications » 2005-2 Año LXXII, N.G 369 Junio
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De Juan Pablo II a Benedicto XVI
 
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De Juan Pablo II a Benedicto XVI
El Expiritu Santo Habla
José M. Hernández, ACU-Miami

Con motivo de la muerte de Juan Pablo II y la elección de Benedicto XVI para sucederlo, Dios Nuestro Señor, que por ser la suma de todas las perfecciones posee también un perfectísimo sentido del humor, le ha gastado una broma de primera a ese sector de la humanidad que se autodefine como liberal y que desde hace algún tiempo tenía puestas sus esperanzas en un cambio en la Cátedra de Pedro. Porque no había una sola vez que el carismático Wojtyla reuniera en torno suyo unos cientos de miles de personas en cualquier parte del globo, que no sacaran a relucir a continuación de las alabanzas a su ecumenismo y su defensa de los derechos humanos, su conservadurismo y su centralismo, su rechazo de la teología de la liberación, su doctrina sobre la inmoralidad de la contracepción, la ordenación de mujeres, el celibato eclesiástico y el matrimonio de los homosexuales, entre otras cosas. La Iglesia tiene que ponerse a la altura del siglo XXI, siempre agregaban, de lo contrario… por muchos millones que fueran los católicos llegaría un momento en que fatalmente se convertirían en una especie en peligro de extinción. Mas he aquí que Juan Pablo II muere, y que a los fieles que estaban ya velando en la Plaza de San Pedro empiezan a sumarse millones provenientes de todas partes, por avión, por tren, por carretera, a pie, sin cuidarse de qué van a comer ni de dónde van a dormir. Es una especie de tsunami humano. Los aereopuertos se cierran, los ruidos del anárquico tráfrico romano se apagan, la vida citadina se paraliza. Toda la atención se concentra en la gigantesca fila de hombres, mujeres y niños, de varias millas de largo que día y noche avanzan lentamente hacia el sarcófago de madera en que yace el Papa para rendirle el tributo de su amor y su devoción. ¿Se ha visto alguna vez en la historia universal algo semejante? El hecho de que aquella multitud inmensa se hubiera congregado en Roma espontaneamente, sin que nadie la organizara ni dirigiera, tenía que tener algún significado y me imagino que muchos de los presentes comenzaron a preguntárselo.

Evidentemente Dios estaba tratando de decirle algo a su pueblo, incluyendo a los que en otras partes no se separaban de las pantallas de los televisores, y una vez asimilada esta premisa ya no era difícil adivinar el sentido de su mensaje, Juan Pablo II, actuando como su vicario en la tierra había simplemente reflejado su voluntad. Él había hablado por la boca de siervo, y por tanto, en lo esencial, no había que variar el contenido de su prédica. Fue quizás en este momento cuando los cardenales empezaron a pensar en Ratzinger como el nuevo Papa. Antes del funeral de Juan Pablo II el prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, precisamente por su identificación absoluta con el Magisterio, había sido un hombre polémico. Los disidentes lo llamaban el “panzer-cardinal” o el Gran Inquisidor de los tiempos modernos. Pero si de lo que se trataba era de estabilizar la catequésis del desaparecido pontífice entonces claramente Ratzinger era el hombre. ¿Acaso no había estado reuniéndose con el Papa todos los viernes años y años para discutir puntos de teología y moral? Sabemos que no tenía el menor deseo de sentarse en el solio pontificio. Ansiaba retirarse a su tierra con sus libros y con su piano a esperar la llamada de su Creador.

Por su actuación durante el funeral, surgió sin embargo, como una figura descollante, como el hombre que resumía en su persona lo que se respiraba en aquel ambiente, y puede haber sido él mismo quien sin darse cuenta selló su elección al exclamar en la homilía que pronunció en la misa inugural del cónclave que el nuevo pontífice tenía que tener el corazón de Juan Pablo II para predicar el Evangelio con caridad particularmente en respuesta al relativismo de la edad moderna . Nadie mejor que él mismo, reflexionaron los cardenales que lo conocían bien; por eso lo eligieron tan prontamente. Cuando Ratzinger hizo al fin su aparición en el balcón de la Basílica de San Pedro, no ya como cardenal sino como Benedicto XVI, el mundo entero se dio cuenta de dos cosas: la primera, que allí daba comienzo un pontificado que naturalmente ostentaría en muchos aspectos el sello de la personalidad del nuevo Papa, pero que nacía bajo el signo de la continuidad. La segunda, que las llaves de Pedro estarían en manos de un hombre a quien no había más que verlo para adivinar su profunda humildad y su inmensa caridad. Para el sector liberal la chanza divina ha tenido un “happy ending”. Roguemos al Señor del Buen Humor que así lo vean y comprendan.

P.S. Este artículo es producto de la interpretación personalísima, por parte de su autor, del funeral de Juan Pablo II y de la elección de Benedicto XVI.


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