Fundamentales de la Formación
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0 Comments ::  Por Jorge L. Beléndez Cada uno de nuestros días de vida evidencian como la gracia capacita, da fuerza, rumbo y destino. Lo vemos a diario. Vemos, además, como algunos avanzan en su vida espiritual a paso de gigante, armonizando así su vida familiar, integrando su vida profesional a su realidad cristiana y contribuyendo efectiva y concretamente al bienestar de nuestra sociedad. Los ejemplos son admirables. Cuantas veces nos hemos encontrado preguntándonos: ¿Como es posible que fulano, con todas sus responsabilidades, pueda sacar tiempo para su familia, para tal o más cual apostolado, obra o gestión y además le sobre tiempo para otras cosas? Por otro lado, vemos como otros retroceden en todos los ordenes de su vida y vemos como se desubican, vagabundeando irremediablemente hacia un estado de perpetuo infantilismo que los encierra en su "yo" su "ego" donde siempre resulta más fácil decir "yo" y "mío" que decir "tuyo" y decir "nosotros".
Y así convierten, reprochablemente, el instinto de conservación, o sea, la búsqueda del "pan nuestro de cada día" en un esfuerzo dantesco y desmesurado de amasar bienes. Transforman el instinto de propagación que le permite al hombre "multiplicarse sobre la faz de la tierra" (Génesis 6,1), y convierten el propagar en un desenfreno sexual deshumanizante.
Vemos como este grupo en "retroceso" deforman el instinto de poseer en un fin en si mismo, convirtiendo el propósito de su existencia en la acumulación de logros, producción, hacer cosas, donde finalmente se convierten en "trabajólicos", donde la "droga" no es de naturaleza química pero con igual o peor resultado. Esta "droga" del "trabajólico" es terrible porque la sociedad la premia, la acepta y, desgraciadamente, en muchos casos la promueve.
Vale la pena detenernos un poco y ver más detenidamente este esquema de avance y retroceso y ver como "encajamos" nosotros en el.
Génesis 1, 27 nos plantea como Dios nos creó a imagen suya: "Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó". Sin miedo a equivocarnos, por lo tanto, podemos asegurar que está dentro de las capacidades fundamentales del ser humano poder lograr armonía entre su realidad cristiana y su realidad humana. Sin embargo, las diferencias de los avances espirituales de unos y los retrocesos de otros apunta, no a diferencias esenciales en la creación, sino más bien a diferencias en formación, o sea, ese algo que junto al cuerpo y al alma constituye la esencia del ser.
Hay tres ingredientes de fundamental importancia en la formación de la persona: · Los Valores · La Madurez · Su Medio Ambiente
Un valor es algo que la persona ve como un bien para ella y hacia lo cual orienta su existencia. Ese algo que ve hoy, no necesariamente lo vio ayer, ni lo verá mañana, y provee un bienestar, un placer y una satisfacción tal, que lleva a la persona a orientar su existencia hacia ese algo.
Un segundo ingrediente en la formación del ser humano es la madurez. Podemos definir la madurez como el proceso donde la persona va, con el pasar del tiempo, jerarquizando los valores, poniendo los valores en su verdadero y personal orden de importancia. Este proceso de madurez solo termina cuando termina la vida terrenal.
Existen básicamente cuatro etapas en la vida, en la existencia de las personas, de los seres humanos: nacen, crecen, envejecen y mueren. En las etapas de crecer y envejecer, el ser humano se confronta con unos valores, existentes, reales en su yo, pero en cambiante jerarquía. Este cambio en la jerarquía de sus valores es un cambio constante.
Vale la pena puntualizar que los valores no son, necesariamente, ni positivos ni negativos. Con la sola excepción de Dios, el Valor Absoluto, un valor puede ser negativo en un orden jerárquico particular, y bueno y positivo si se pone en su orden jerárquico correcto.
Veamos un ejemplo: el dinero. El apego al dinero, en cualquiera de sus formas (posesión y uso) y sobre todo en su forma más cruda, la avaricia, puede llevar a una persona a robar, matar, descuidar su familia y a muchos otros tipos de comportamiento básicamente deshumanizante. De la misma manera, situado en su justo orden jerárquico, el dinero nos puede llevar a darle seguridad a la familia, crear empleos, mejorar las condiciones de vida, propiciar la justicia social y ejercitar la caridad.
Vemos pues, como si el deseo de poseer más dinero, es precedido en su orden jerárquico de valores por otros valores fundamentalmente correctos y buenos, el dinero puede ser una cosa útil, provechosa y positiva. Dependiendo del sitio que ocupa en nuestra jerarquía de valores, corre la gama de lo infame a lo deseable y virtuoso, como sería el caso al ejercitar la caridad.
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