Tres Días en Haití
By Nino Alvarez @ 7:52 AM :: 825 Views
0 Comments ::  Tres Días en Haiti - 4 de febrero al 6 de febrero, 2010 - - Por Jorge Hidalgo- Creo que lo primero que tengo que decir es que Haití era, para mí, un país olvidado. Sabía que existía pero no quería ni pensar en él. Intuía que su realidad era tan dura que era preferible ignorarla. Aún si supiera, pensaba yo, algo de Haití, ¿Qué puedo hacer? Pero Dios se vale de tantas cosas, hasta de un terremoto, para lograr que todos nos fijemos en algo que El desea resaltar. “Quiero que vengas conmigo a Puerto Príncipe para ver unas estructuras”, me dijo mi amigo Francisco Klein. “Sor Ileana Silva me ha dicho que el noviciado de los jesuitas en Haití ha sufrido daños y ellos no saben si arreglarlo o derrumbarlo. Los jesuitas haitianos están buscando la opinión de unos ingenieros. ¿Me acompañas?”. “Si tu vas, yo también”, le contesté. “Bueno, déjame mejor consultarlo”, añadí, “con mi señora y otras personas y mañana hablamos”. Hablé con dos amigos sacerdotes que me embullaron, mis tres hijos estuvieron de acuerdo y a mi esposa le tomó doce horas dar su aprobación. En la mañana del día siguiente llamé a Francisco. “Haz todos los arreglos que nos vamos para Puerto Príncipe”. Francisco lo hizo todo. Tengo que admitir que estaba lo suficientemente asustado como para decidirme hacer un testamento. No sabía que esperar. Mis preocupaciones, sin embargo, estaban de más. Tomamos un vuelo, un “mercy flight”, que American Eagle operaba tres veces en semana de San Juan a la capital haitiana. Dos horas más tarde, llegamos al Aereopuerto Toussant Louverture de Puerto Príncipe. Eran las 5 de la mañana. El sol rompió la oscuridad de la madrugada mientras caminábamos por la pista cargando nuestras maletas. Muchos aviones de carga nos rodeaban y ninguno, excepto el nuestro, de pasajeros. Entramos a un edificio desolado. Lo único que vimos fueron soldados que nos saludaron. Sal por esta puerta, luego por otra, vira a la derecha, camina por este pasillo y, casi sin darnos cuenta, nos encontramos en el estacionamiento. No pasamos por aduana y nadie nos ayudó. Cuando salimos un soldado nos preguntó. “Y ustedes con quién están”. “Con los jesuitas”, fue mi respuesta. “Bienvenidos”. Se suponía que el Padre Miller Lamothe, SJ nos estuviese esperando pero sólo vimos lo que parecían ser taxistas sin ninguna identificación. Tratamos de comunicarnos con el Padre Miller por nuestro teléfono celular. Como solamente habíamos hablado con él desde Puerto Rico, el número que teníamos incluía larga distancia, código de área, código de ciudad, etc. Teníamos números de más. El oficial que nos dió la bienvenida a Puerto Príncipe nos ayudó y finalmente hicimos contacto. Diez minutos más tarde llega un hombre alto y delgado con un papel en la mano con nuestros nombres escritos. Era el Padre Miller. Mi reloj marcaba las 7:00 a.m. Llevábamos dos horas en Haití. Pusimos nuestras maletas en la parte de atrás de un “pick up” blanco y partimos. No es muy largo el camino del aeropuerto al noviciado. Una calle recta, larga y estrecha llena de carros, vehículos y muchos peatones, todos de prisa. Vimos bastantes edificios colapsados a nuestra derecha y mucha gente cocinando al borde de la calle. Me impresionó lo sucio que estaba todo. A la izquierda estaba el aeropuerto. Más adelante, un viraje a la izquierda, un redondel, más edificios derrumbados, otra izquierda, un callejón largo de tierra y el portón del noviciado apareció a mano derecha. La puerta es de hierro, de ocho pies de alto y quizás 16 pies de ancho. Un bocinazo, la puerta rueda y entramos a un patio con árboles frutales y muchas tiendas de campaña. Parecía un remanso de paz. Afuera el caos y adentro, paz. El terreno es rectangular y, estimo yo, de tres cuerdas. La propiedad es dominada por un edificio de dos pisos de concreto, en forma de “U”, sin pintar. El edificio luce bien, por fuera. En la parte de atrás nos reunimos con los sacerdotes y novicios. Había muchos campamentos. Un grupo de médicos de Portugal estaban en el fondo, otro grupo de médicos puertorriqueños a la derecha, otro de americanos, etc. Todos en tiendas de campaña. De una cocina improvisada bajo una lona azul, salió café, un pan haitiano, un poco de mantequilla y queso. Desayunamos algo y comenzamos el trabajo de evaluar la estructura del noviciado. Trabajamos toda esa mañana estudiando los daños sufridos, tomando muchas fotos y evaluando los posibles arreglos. Esa tarde nos llevaron a ver las casas de los jesuitas en Delmas, Canapé-Vert y la oficina del Padre Superior. Todas están afectadas pero ninguna, nos pareció, en inminente riesgo de colapso. Llega la noche y luego de una ducha con cubitos y bajo la luz de una linterna, caemos profundamente dormidos en la tienda de campaña que Francisco llevó. A la mañana siguiente, a las 7:00 a.m., la misa afuera en el patio. Sencilla, preciosa, en francés, llena de la devoción de los que saben que dependen completamente de Dios. Muchas canciones bonitas que no entendía. Luego un desayuno rápido con café y a ver tres casas de los Padre Oblatos de María y la oficina del programa de Fé y Alegría en Haití. Todas las propiedades habían sufrido daños pero, de nuevo, ninguna estaba en riesgo inminente de colapso. Ese día nos metimos en el tapón más grande que yo he estado en mi vida. Salimos a ver la oficina de Fé y Alegría a las tres de la tarde y seis horas más tarde entrábamos de nuevo a los terrenos del noviciado. ¿Cómo resumir lo que vimos? El pueblo no tiene casas. Me aventuro a decir que una tercera parte de la ciudad se desplomó. La gente vive, duerme y come en las aceras. Los campamentos donde se agrupan familias para vivir bajo lonas que improvisan un techo, son inmensos. Se instalan en cualquier terreno más o menos llano. ¿Cuántas familias vivirán en cada campamento? 500, 1000, 1500,…?? No lo sé. ¿Cómo comen, duermen, se bañan, beben agua, tienen privacidad, hacen sus necesidades, etc? ¡No lo sé! ¿Qué será de un pueblo marginado que ahora está arrodillado? Sus estructuras sociales, gobierno y servicios de agua y electricidad son inexistentes. Si antes estaban mal, ahora están peor. La poca seguridad que hay la brinda la ONU y los ejércitos, principalmente de Estados Unidos, pero también, en menor grado, de otros países. Ahora ya no puedo seguir ignorando a Haití. Antes del 11 de enero, nunca pensaba en Haití. Ahora pienso en Haití todos los días. El mundo no puede progresar si tenemos hermanos a los cuales les falta todo. ¿Qué querrá Dios que yo haga, que tú hagas, que nosotros hagamos? Ya no podemos darnos el lujo de ignorar a nuestros vecinos. Por más dificultades que yo pueda tener, tengo mucho, pero mucho más, que mis hermanos de Haití.
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